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Terreno común

David Chipperfield

Discurso de ingreso
Real Academia Galega de Ciencias
David Chipperfield
17 de septiembre, 2025

Con motivo de su ingreso como académico correspondiente en la Real Academia Gallega de Ciencias, David Chipperfield impartió el discurso titulado Common Ground (Terreno común), en el que reflexionó sobre los retos ambientales y sociales contemporáneos y sobre la experiencia de la Fundación RIA en Galicia:

 

En primer lugar, permítanme decir qué gran honor es recibir este reconocimiento. Me siento más bien poco cualificado para tal distinción. No soy científico ni soy gallego, y además mi español es tan pobre que debo pronunciar este breve discurso de aceptación en inglés. Quiero centrar mi intervención en la importancia de nuestro entorno y en cómo influye en nuestra calidad de vida. Intentaré explicar cómo los retos que tenemos en el desarrollo y protección de nuestro entorno nos exigen a todos –y especialmente a mi propia profesión– reaccionar frente a los problemas del cambio climático y de la desigualdad social. Explicaré brevemente por qué y cómo, junto a mis oficinas más convencionales en Londres, Berlín, Milán y Shanghái, decidí poner en marcha aquí en Santiago de Compostela mi propio estudio ambiental, la Fundación RIA. Explicaré cómo hemos desarrollado un programa basado en el diálogo, la investigación, la colaboración social y la realización práctica a través de proyectos reales.

A medida que inevitablemente tomamos más conciencia del daño que hemos causado a nuestro entorno natural, debemos aceptar que la manera en que vivimos ahora amenaza la forma en que viviremos en el futuro. La manera en que construimos nuestras ciudades, pueblos y carreteras no solo daña nuestro entorno, sino que además fomenta la ventaja y la desventaja, el acceso y la exclusión, y socava la propia idea de una sociedad equitativa. A medida que una proporción creciente de la población encuentra más dificultades para acceder a la vivienda, y que los precios del suelo y de los alquileres se disparan, descuidamos cada vez más garantizar que toda persona, por derecho, disponga de un lugar seguro y cómodo como derecho humano y como base de la calidad de vida.

La forma en que planificamos nuestros pueblos, ciudades y aldeas no solo es crítica para nuestra comodidad y seguridad individual, también determina la calidad de nuestra vida social y cívica. Esta doble provisión –comodidad y seguridad individual por un lado, estructura social y colectiva por otro– ha demostrado a lo largo de la historia ser la base de una sociedad sana, y sin embargo en los últimos cincuenta años se ha vuelto cada vez más difícil de garantizar o proteger. No se trata de recursos o de capacidad, sino de voluntad y compromiso político.

En mi propia ciudad de Londres no puede haber un ejemplo más explícito del fenómeno de la mercantilización de la arquitectura y de la ciudad. La ciudad se ha desarrollado no como respuesta a las necesidades humanas, sino como parte de un mercado global de inversión. Esta construcción no trata de hacer una ciudad mejor; los edificios no responden a otra idea que la explotación del valor del suelo. En este proceso se han abandonado los dos fundamentos de cómo hacíamos las ciudades: la oportunidad de representar valores colectivos y de proteger y disfrutar de la complejidad social y cultural que aporta la densidad urbana.

Incluso a una escala más modesta, la construcción de viviendas no está guiada por consideraciones de comunidad o del entorno, sino por fuerzas comerciales y de conveniencia. Esto demuestra de la manera más explícita que no tenemos mecanismos para salvaguardar esas preocupaciones, para representar nuestras ideas de cómo deberíamos vivir. La planificación urbana ha sido sustituida por el control del desarrollo. En lugar de decidir dónde debería producirse el desarrollo considerando prioridades sociales y cívicas, la planificación se reduce a intentar coordinar y dar sentido a energías impulsadas por el mercado. La planificación ya no dirige, sino que sigue. La inminente crisis climática y la creciente crisis de desigualdad social hacen que ya no podamos considerar estas cuestiones como algo desafortunado y propio de nuestro tiempo, sino como retos que debemos afrontar si queremos responder verdaderamente a estos desafíos existenciales

En 2012 fui invitado a ser director de la Bienal de Arquitectura de Venecia. La bienal alterna con la de arte y es uno de los eventos más importantes para la comunidad arquitectónica. Durante los últimos 30 años ha tendido a convertirse en un escaparate del talento individual, ofreciendo a los arquitectos la oportunidad de mostrar su trabajo y sus habilidades de diseño. En aquel momento pensé que, como profesión, teníamos que examinar nuestra contribución colectiva además de nuestras carreras individuales. Como todos, nos dejamos arrastrar por la energía de la sociedad consumista y vimos nuestras tareas determinadas más por las prioridades del mercado que por las preocupaciones de la sociedad. Dado el creciente entendimiento de que el sector de la construcción y el inmobiliario contribuyen de forma significativa tanto a la degradación ambiental como al cambio climático, y que tampoco han hecho mucho por resolver la cuestión de la vivienda asequible y de un entorno seguro que reduzca los problemas crecientes de desigualdad social, necesitábamos situar estas preocupaciones en primer plano.

En la bienal Common Ground desafié a mis colegas a presentar trabajos que demostrasen iniciativas colaborativas entre arquitectos, mostrando cómo podíamos trabajar juntos en lugar de promover y perpetuar una profesión competitiva y rival. También les invité a mostrar proyectos más dirigidos a los intereses de la comunidad que a los del comercio. El llamamiento era al bien común y la idea de terreno común no era solo una metáfora de lo que compartimos, sino un recordatorio de que también es una realidad física.

La tarea de dirigir la bienal llegó poco después de concluir un proyecto que influyó en mi actitud hacia el diseño y el papel de la colaboración no solo entre colegas y clientes, sino con la comunidad en general. La reconstrucción de la ruina del Neues Museum en la Isla de los Museos de Berlín nos implicó a mí y a mi estudio en un proyecto que exigía no solo las habilidades y responsabilidades convencionales, sino también una implicación con las expectativas, emociones y preocupaciones de los ciudadanos de Berlín y de Alemania. La reunificación alemana fue un enorme proyecto con implicaciones políticas, emocionales, financieras y físicas de gran envergadura. Estos asuntos se concentraron especialmente en Berlín, una ciudad totalmente deformada por la guerra y por la posterior partición de Alemania. Dividida en dos y luego aislada en el interior de la Alemania Oriental, Berlín Oeste se desarrolló de manera artificial durante los 50 años posteriores a la guerra. Ambas partes de la ciudad dividida proyectaron sus ideologías sobre este lugar exhausto. Con la caída del muro, esta pobre ciudad tuvo que afrontar de nuevo su compleja historia.

En este contexto, el Neues Museum, que había permanecido en ruinas durante todo el periodo de la RDA, se convirtió en un símbolo y registro complejo de esa historia. Nuestro proyecto no consistía simplemente en reconstruir. Me comprometí con la idea de reconstruir y reparar la ruina monumental de un modo que protegiese las complejas capas de historia al tiempo que la convertíamos nuevamente en un museo en funcionamiento. Fue un enfoque que irritó a muchos berlineses, cansados ya de la historia. Existe un dicho: todas las ciudades tienen historia, pero Berlín tiene demasiada. El enfoque polémico, intelectualmente correcto pero emocionalmente difícil, convirtió el proyecto en el centro de atención y de debate sobre cómo debía Berlín enfrentarse a su complejo pasado en el proceso de reconstrucción de sí misma.

No pretendo explicar aquí el proyecto, solo decir que la experiencia nos obligó a ver la complejidad y los desafíos no como limitaciones lamentables, sino como la propia razón de la tarea. Nos enseñó que el diálogo y la reflexión abierta son la base de un proceso crítico. Nuestro proyecto no podía realizarse sin una implicación seria con las preocupaciones contradictorias de la comunidad, no solo de Berlín, sino de Alemania. Realizar este proyecto dependía de replantear la pregunta constantemente al mismo tiempo que desarrollábamos posibles soluciones y respuestas. La solución se encuentra en el hacer. Y ese hacer debe ser considerado y articulado con rigor, fortalecido por la exposición y no protegido al ocultarse.

Durante los muchos años de planificación desarrollamos un proceso de implicación, diálogo y participación que nos permitió determinar el diseño de la manera más transparente posible, no como una solución preconcebida, sino como un resultado que emergía de un proceso participativo. El escepticismo de los berlineses fue siempre una presencia constante en nuestras preocupaciones, no para ignorarlo sino para considerarlo e incorporarlo. El proyecto estuvo siempre en el centro de la discusión y aprendí a llevar esa discusión a la comunidad. Creía que era mi responsabilidad hacia la ciudad y su gente, y de hecho, como extranjero, no tenía derecho a comportarme de otra manera. Los resultados fueron afortunadamente bien recibidos, y el proyecto fue alabado justamente por lo que pretendíamos: un resultado físicamente coherente que reunía pasado y futuro, los efectos negativos de la destrucción y los positivos de la finalización.

¿Qué tiene que ver todo esto con Galicia y con el trabajo de la fundación? Mi familia y yo pasamos cada verano durante los últimos 34 años en vacaciones en el pequeño pueblo pesquero de Corrubedo. Poco a poco, las dos semanas de vacaciones se convirtieron en un retiro veraniego de dos meses al que venían colegas, empleados, clientes y amigos. Nuestro compromiso con el lugar se volvió sustancial, aunque seguía siendo como agradecidos visitantes. El compromiso no fue accidental: encontramos en Galicia no solo una naturaleza hermosa y una comida maravillosa, sino una cultura directa y aparentemente menos preocupada por las aspiraciones que solemos imponernos. Como arquitecto siempre me había irritado la mala arquitectura y el mal desarrollo de los pueblos y ciudades. Probablemente las villas costeras han sufrido más, y Ribeira puede reclamar el título de capital del “feísmo”. Estando de vacaciones lo aceptaba y pensaba que al menos era una fealdad honesta.

Finalmente, hace ocho años decidí aceptar el reto de considerar los factores que han ido erosionando la calidad de las ciudades, pueblos y aldeas gallegas en los últimos 50 años. Por supuesto, estos problemas no son exclusivamente gallegos o españoles. Como ya he explicado, podemos identificar los mismos problemas y tendencias en todas partes. La situación es diferente en Londres y en Galicia, pero los factores son los mismos: en todas partes luchamos por encontrar un equilibrio entre desarrollo y protección. Luchamos por incluir las preocupaciones complejas y contradictorias en la forma en que desarrollamos nuestro entorno.

Siempre nos hemos quejado de la forma en que cambian las cosas a nuestro alrededor, aunque a veces existan buenas razones para que se tomen ciertas decisiones. Ha sido necesario construir, desarrollar industrias y mejorar los sistemas de comunicación y conexión. Esto no se cuestiona. Pero a medida que la escala de estas operaciones crece, también lo hacen sus consecuencias. Cuanto mayores son estas operaciones, más dependen las decisiones de la voluntad política y de las realidades comerciales. A medida que este proceso se vuelve más complejo, el lugar donde se materializan los resultados se separa cada vez más del lugar donde se toman las decisiones, y quienes deciden están cada vez más alejados de los afectados. Esto no es una conspiración, no es una cuestión de culpabilizar ni de política, es un reto contemporáneo que no deberíamos ignorar.

Podemos desestimar estos problemas como errores o actos de ignorancia, podemos justificarlos como el precio del progreso, podemos aceptar las cosas como algo inevitable. También podemos confundir causa y efecto. ¿Es feo un lugar por culpa de los edificios y, por tanto, es solo un problema de diseño? ¿O es el diseño de los edificios consecuencia de un problema mayor y en realidad son la expresión y no la causa? Quizás seamos solo nostálgicos: todos recordamos cuando nuestros pueblos eran más bellos y lamentamos lo que ha ocurrido con ellos. Por supuesto, podemos mirar al pasado e imaginar una época más armoniosa, olvidando los avances sociales y humanos significativos que hemos logrado entretanto. Es difícil seleccionar qué partes del progreso queremos y cuáles no. Pero si nos permitimos romantizar el pasado, podemos ver en esas imágenes una relación entre la actividad humana, el entorno construido y la naturaleza. Una relación que hemos perdido en nuestra organización contemporánea. Si antes podíamos limitarnos a lamentar esta pérdida, ahora debemos considerarla con mayor seriedad, no solo como un recuerdo pintoresco, sino como un símbolo de nuestra condición contemporánea, determinada por nuestra relación disfuncional con la naturaleza de la que dependemos. Ese triángulo se ha erosionado, y nuestro entorno físico y natural es una prueba innegable de ello.

No podemos deshacer los errores ni devolver las cosas a su estado original, pero podemos intentar ser más conscientes de las consecuencias de nuestras acciones e intentar reparar el daño. Pero esto solo es posible si aceptamos que existe un problema. Nos hemos vuelto sorprendentemente tolerantes con estas situaciones: se han convertido en una nueva normalidad, apartada por los ciudadanos como algo incómodo pero inevitable y por los políticos como algo demasiado complejo y sensible de abordar. A medida que tomamos más conciencia de los efectos del daño que hemos creado globalmente, empezamos a comprender que estas situaciones no pueden considerarse únicamente como una vergüenza o una molestia visual sin consecuencias graves. Ahora las vemos no solo por lo que son, sino por lo que representan: nuestro fracaso para anticipar las consecuencias dañinas de decisiones aparentemente inofensivas, no solo en un lugar, sino como una erosión acumulativa de nuestro medioambiente.

Incluso las acciones tomadas con las mejores intenciones, dentro de los límites y presiones de un proceso operativo –mantener el tráfico en funcionamiento, responder a necesidades y prioridades– producen daños. Nadie destruye intencionadamente nuestras calles, pueblos, aldeas o nuestro medio natural, pero como sociedad hemos establecido prioridades y objetivos sin comprender suficientemente sus resultados ni reaccionar con suficiente fuerza a sus consecuencias.

La crisis ambiental que hoy enfrentamos nos obliga a reconsiderar nuestra forma de vivir y de tomar decisiones. Debemos anticipar las consecuencias de cómo desarrollamos nuestro entorno. Debemos elaborar procesos de decisión que, aunque hoy están inevitablemente dominados por resultados a corto plazo, se orienten más a los efectos a largo plazo.

Como arquitectos y urbanistas, debemos ser cuidadosos con por qué construimos, qué construimos y dónde construimos. Las respuestas no son sencillas y no es fácil afrontarlas dentro de las limitaciones de la profesión comercial convencional. Hace ocho años decidí crear un estudio independiente dedicado a estas cuestiones. Si en la práctica normal estamos constreñidos por los límites de cada proyecto –sin poder cuestionarlos y limitándonos a dar respuestas creativas– me interesaba ir más allá de esos límites. Libre de restricciones y libre de clientes podemos formular las preguntas: ¿por qué el centro de esta ciudad está lleno de tráfico? ¿Por qué hay tantos edificios vacíos y, sin embargo, seguimos construyendo en suelo rural? ¿Por qué se abandonan las aldeas del interior? Estas preguntas reclaman respuestas que intentamos abordar, y esas respuestas nos obligan a alejarnos de nuestra materia o conocimiento profesional. Una vez que aceptamos que las decisiones requieren conectar diferentes cuestiones, volvemos a la tarea de la implicación, la consulta, la colaboración, la comunicación. Hemos afrontado nuestras preocupaciones sobre el medio ambiente y sus retos mediante proyectos reales y, más recientemente, a través del programa público de Casa RIA, donde intentamos usar nuestro edificio como un lugar de exposición, diálogo e investigación.

Las ambiciones y criterios de la fundación son bastante directos. Se basan en una serie de convicciones fundamentales que no son científicas, pero que parecen tener solidez. En primer lugar, que las condiciones físicas, ambientales, sociales y económicas existentes en Galicia le ofrecen una gran oportunidad de alcanzar objetivos de sostenibilidad más fácilmente de lo que podría ser posible en otras partes del mundo. Esta premisa se basa en el hecho de que Galicia no está dominada por grandes centros metropolitanos, que contiene un alto porcentaje de superficie forestal, un sistema alimentario productivo aún a pequeña escala y una comunidad muy comprometida con sus cualidades naturales y con un gran conocimiento de los modos de la naturaleza tanto en tierra como en el mar. Con este conocimiento viene una cultura que no ha sido extinguida, ni siquiera bajo las fuerzas de la sociedad moderna.

Intentaré resumir lo que creemos que garantizará un futuro sostenible para Galicia, tanto en términos de entorno natural y construido como desde un punto de vista social y económico:

– Proteger y desarrollar el entorno natural, considerándolo como el mayor activo de Galicia, su capital natural.
– Considerar Galicia como una unidad territorial que equilibre el desarrollo económico dentro de un marco social y ambiental.
– Fortalecer los sistemas de planificación y gobernanza para apoyar un enfoque territorial que incorpore las condiciones locales, el conocimiento y la experiencia en políticas bien estratégicas y coordinadas.
– Fomentar la innovación, el desarrollo y la inversión en los sectores tradicionales de la alimentación y la silvicultura, considerando especialmente el desarrollo de industrias secundarias y terciarias.
– Priorizar la formación práctica y profesional en estos sectores para incrementar las oportunidades de empleo en las comunidades dispersas.
– Crear empleo mediante el desarrollo de industrias secundarias como extensión de las industrias productivas primarias de la alimentación y la silvicultura.
– Desarrollar los sistemas de comunicación y transporte adaptados a los retos de una comunidad dispersa.
– Recalificar y reparar el daño urbano en ciudades, pueblos y aldeas priorizando los valores y necesidades urbanas, sociales y cívicas convencionales.

La única manera de que estos objetivos se cumplan es mediante un esfuerzo común y a través de una responsabilidad compartida. No puede ser responsabilidad exclusiva del gobierno ni debemos depender únicamente de ejemplos extraordinarios de iniciativas individuales. El reto debe asumirse como un desafío colectivo, debe concentrarse en una misión común. No deberíamos depender ni quedar paralizados por la política convencional. Los problemas medioambientales están más allá de la política.

Tras 40 años trabajando en todo el mundo como arquitecto, me he familiarizado con la dificultad de tratar de conciliar objetivos idealistas con realidades prácticas. Todos vivimos en este territorio ambiguo, pero en el plano profesional resulta especialmente definitorio. En la planificación, ¿es siquiera posible imaginar objetivos si no parecen prácticos dadas las condiciones? Por otro lado, hacer únicamente lo posible, lo realizable, lo factible política o financieramente significa que nuestro entorno solo puede ser consecuencia de acciones prácticas. ¿Cómo podemos articular criterios y darles estatus sin que parezcan ingenuos o poco realistas? Nuestro entorno es la consecuencia de lo realista.

Los proyectos de la fundación intentan trabajar aceptando estas dos condiciones. Creemos que es fundamental alcanzar resultados y, por definición, esto limita la dimensión y la escala del proyecto. Sin embargo, consideramos que cada proyecto “realizable” se sitúa dentro de un objetivo mayor. Por ejemplo, el trabajo que hemos hecho en la carretera AC-305 puede considerarse una mera mejora local de aceras y tráfico –que lo es–, pero su misión forma parte de una idea más amplia: proteger el carácter urbano de una villa que había quedado distorsionada por los efectos de una carretera principal que la partía en dos. Hemos conseguido, trabajando con la Xunta, con el alcalde y con la comunidad, desarrollar un proyecto modesto que intenta reparar esta condición, al menos dentro de los límites de lo posible. Esta iniciativa forma parte de una idea más amplia de reducir los efectos negativos del tráfico, mejorar el transporte compartido y reparar el tejido de las villas dando prioridad a los peatones frente a los coches.

Para desarrollar esta idea en las múltiples villas situadas a lo largo de la AC-305 necesitamos también pensar en cómo pueden encargarse y realizarse proyectos de este tipo y, más importante aún, cómo las obras de infraestructura pública pueden abordar no solo cuestiones de practicidad e ingeniería, sino también convertirse en proyectos socialmente inclusivos que consideren las cualidades cívicas, estéticas y comunitarias de la villa. Con el apoyo de la Fundación Marta Ortega hemos desarrollado unas directrices urbanas y de tráfico y hemos lanzado un concurso para asegurar que esta tarea recibe la importancia que merece. Este es uno de los muchos concursos que estamos organizando. Creemos que definir la tarea y encargar y controlar el proceso es fundamental para desarrollar proyectos de intervención y protección más arraigados.

Partimos como arquitectos, mirando los edificios en ruinas o las carreteras brutales que atraviesan centros urbanos mal planificados. Y en cuanto miras un poco más allá, apenas a unos metros, ya estás en el medio rural, un paisaje productivo definido por los recursos locales y las formas de producción. Los cambios de los últimos 50 años han transformado radicalmente la manera en que gestionamos el territorio, nuestros recursos y ecosistemas. Los avances de la industrialización y la ansiedad por ser modernos han transformado en apenas medio siglo los equilibrios de nuestros ecosistemas, fragmentando los temas (la agricultura, la silvicultura, lo urbano) sin considerar las interdependencias y los equilibrios ecológicos. Hemos observado nuestro territorio como un mapa, separando capas, sin tener en cuenta el papel de las comunidades locales y la organización territorial de las aldeas en este sistema. Hoy sufrimos los efectos de esos desequilibrios: incendios incontrolables alimentados por el abandono rural, las plantaciones monofuncionales y la despoblación.

El Laboratorio Ecosocial do Barbanza, una colaboración entre la Fundación RIA y la Universidad de Santiago de Compostela, lleva más de cinco años trabajando con las comunidades forestales de Galicia, apoyando sus iniciativas con asesoramiento técnico, ayuda en gobernanza, contribuciones financieras y acciones de comunicación. Las ciencias aplicadas, las instituciones de planificación y la acción comunitaria se han combinado bajo el terreno común del bien común. La misión: lograr un territorio más resiliente en un lugar donde los incendios recurrentes ponen en riesgo no solo la biodiversidad, sino también la vida de las personas y los ingresos económicos de miles de familias que dependen de los recursos marinos de las rías de Arousa y Muros.

Pocos lugares ilustran mejor la realidad del terreno común que las comunidades de montes. El monte vecinal representa aproximadamente un 20% del territorio gallego. Aunque pueda parecer anacrónico en nuestro mundo moderno, estas comunidades, más que una representación de otro tiempo y otra forma de vida, pueden entenderse como una manera de cuidar nuestro paisaje y la comunidad. La semana pasada este proyecto fue reconocido por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico como uno de los 39 proyectos emblemáticos entre más de mil iniciativas financiadas. No hace falta decir cuán honrados nos sentimos de recibir este premio como coordinadores del proyecto. Pero en esta tarea debemos dar crédito a las comunidades locales, que con valentía han asumido la responsabilidad de aceptar este desafío y la gran tarea que supone gestionar una importante ayuda financiada por la Unión Europea.

Hace un año nos trasladamos a nuestra nueva sede en Santiago, en la rúa Virxe da Cerca. Esto no solo nos permite ampliar las actividades de investigación y desarrollar nuestros proyectos en curso, también nos permite abrir el debate en un foro más público. Junto a los estudios contamos con una sala de exposiciones, una sala de conferencias y salas de reuniones para eventos. En la planta baja tenemos una cantina que sirve a nuestro personal, pero también a los visitantes del edificio. Las dos plantas superiores ofrecen alojamiento a grupos de estudiantes, investigadores y profesores visitantes.

Los temas de las exposiciones son variados y se complementan con una activa serie de charlas y conferencias sobre los temas elegidos. Este año la principal exposición estuvo dedicada a los mercados de abastos gallegos. Nos preocupaba que se estuviera subestimando su importancia y que los propios mercados sufrieran los cambios en los hábitos de consumo contemporáneos. Creo que todos valoramos estos lugares no solo como espacios cívicos en las villas y ciudades, sino como centros sociales. Y, lo más importante en el contexto gallego, son celebraciones de la producción local y estacional de alimentos, que está en el corazón mismo de la comunidad. Hemos visto en muchos otros lugares cómo estos mercados se han convertido poco a poco en entretenimiento gastronómico para turistas, y creemos que esto debe resistirse. La exposición fue una oportunidad para reunir a productores y representantes del sector alimentario y debatir sobre el futuro de una producción de pequeña escala y de alta calidad.

Si la bienal Common Ground trataba de superar el individualismo en la arquitectura, ahora los desafíos medioambientales presentes y futuros exigen superar la sectorización de las disciplinas y establecer un terreno común entre disciplinas, sectores e instituciones. Al considerar la tarea de revitalizar el mundo rural hemos comprobado cuán solitarias y desconectadas están las iniciativas locales, y cuánto necesitan apoyo administrativo, legal, técnico y científico. En nuestra misión de promover estas iniciativas, queremos darles visibilidad y fomentar la creación y consolidación de lo que podemos llamar “entidades facilitadoras”. Entidades que ofrezcan este apoyo a las iniciativas locales, como la Fundación RIA hace a su manera pequeña y modesta. Me gustaría hacer un llamamiento a la comunidad científica para que se comprometa con estos desafíos y ofrezca su conocimiento para ser aplicado en proyectos piloto, como parte de un ecosistema local que pueda florecer hacia un futuro resiliente, sostenible y próspero.

La naturaleza de Galicia no solo define su carácter, sino que durante tantos años ha moldeado a su gente. Una población que ha trabajado con la tierra y el mar durante generaciones mantiene una relación especial con su país. Esta relación está siendo desafiada por los hábitos modernos y las tendencias globales, pero creemos que esta comunidad más que ninguna otra puede dar ejemplo a los demás sobre la importancia de proteger nuestro entorno y comprender que es la base de nuestra calidad de vida y de la seguridad de las generaciones futuras: nuestro terreno común.